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LA CASA COMO SEGUNDA PIEL

LA CASA COMO SEGUNDA PIEL

ARQ. CARLOS FERNÁNDEZ TRILLO 

¿Alguna vez has entrado a alguna casa y sentido de inmediato que el espacio te habla casi en forma tan clara como lo hace su propietario? Ese espacio donde pareciera que se ha roto el límite entre el alma del habitante y sus muros, fusionándose en una máquina habitable que trabaja en sincronía entre ambos entes.

Esta magia ocurre cuando la persona se ha apropiado de su espacio y lo ha convertido en algo propio, no solo respondiendo a sus necesidades de habitabilidad sino principalmente a sus necesidades sensoriales… la capacidad de soñar, de amar, de crear.

Le Corbusier decía:

“LA ARQUITECTURA debe ser el estuche de la vida, la maquina de la felicidad”

Es aquí donde los arquitectos tenemos un gran compromiso al hacer una casa, donde no sólo estamos creando un espacio habitable sino estamos creando un mundo dotado de sensaciones, sentimientos y percepciones que trabajará en complicidad con quien lo habite.

Existen muchos autores interesados en el tema de la fenomenología, corriente filosófica un tanto compleja que propone una lectura de espacios arquitectónicos que no sólo esté basada en lo visual sino también conformada por una serie de elementos que cobran vida al ser traducidos por medio de los sentidos: colores, luz y sombra, escalas, temperaturas, intenciones espaciales, texturas.

En una forma simple, la fenomenología es la manera en que te hace sentir un espacio. Al hablar de una casa, tenemos que tomar en cuenta que no sólo es un espacio para morar, sino que se convierte en el envolvente espacial de quien la habita, y es aquí donde entra uno de los puntos más relevantes tomando en cuenta que HABITAR significa “un modo especial de existir”. La casa al ser habitada y transformada por el usuario se convierte en una extensión de su mundo, de su forma de pensar.

Merleau-Ponty , autor de FENOMENOLOGÍA DE LA PERCEPCIÓN, escribe: “…percibo de una forma total con todo mi ser, capto una estructura única de la cosa, una única manera de ser que habla a todos los sentidos a la vez.” Esta afirmación debería ser el contrato o compromiso que firmáramos los arquitectos cada vez que nos encomiendan el proyecto de una casa, este entendimiento de unión entre nuestras capacidades de compartir cómo percibimos el mundo y así provocar sensaciones a través del espacio construido y la necesidad de sentir, adaptarse, apropiarse y transformar que tendrá el usuario final al habitarla.

Proyectarle una casa a alguien es compartir mi forma en que concibo al mundo, mi interpretación del espacio vital, mi invitación a interactuar y al mismo tiempo mi entendimiento que será sólo una base modificable a la forma de mi cliente, y que en el mejor de los casos dejará de ser mía y cumplirá con su destino de ser apropiada.

¿Es la casa donde vives ahora una extensión de tu alma y de tu piel?

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