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UNA ARQUITECTURA SIN TEXTOS Y SIN CONTEXTOS

UNA ARQUITECTURA SIN TEXTOS Y SIN CONTEXTOS

Arq. Eduardo Funes C.

We want architecture that has more. Architecture that bleeds, that exhausts, that whirls, and even breaks.
Architecture that lights up, stings, rips, and tears under stress.
Architecture has to be cavernous, fiery, smooth, hard, angular, brutal, round, delicate, colorful,
obscene, lustful, dreamy, attracting, repelling, wet, dry, and throbbing. Alive or dead.

If cold, then cold as a block of ice.
If hot, then hot as a blazing wing.
Architecture must blaze.

Coop Himmelb(l)au, 1980

Cuando Federico Nietzsche escribía su frase “Dios ha muerto”, más allá de hacer una declaración de corte atea, anunciaba desde la soledad e incomprensión que sufrió en su época, el agotamiento de los valores judeocristianos, es decir, la demolición del edificio en que se sustentaban las certezas de occidente.

La consciencia que tenía de las consecuencias [póstumas] de sus palabras, están subrayadas en una frase atronadora de su Ecce Homo, donde afirma: «conozco mi destino: un día mi nombre estará vinculado al recuerdo de algo monstruoso, de una crisis como no hubo otra sobre la Tierra, de una decisión que conspiró contra todo lo que hasta ese momento se había creído, se había exigido, se había tenido por santo».

Un mundo sin una verdad absoluta, obliga a replantear los valores, ya no en función de una estructura necesaria, sino a través de una alternativa que sustituya al paradigma anterior basado en una supuesta realidad, estructura que, sin embrago, no deja de ser constructo humano, por lo tanto relativa, temporal y desechable, donde (como dice Sarte) soy «yo mismo quien en resumidas cuentas crea los valores a fin de adaptar sus acciones a las exigencias de esos valores […] descubro inmediatamente que soy yo mismo quien confiere al despertador el poder de llamarme a levantarme, yo mismo quien confiere al letrero el poder de prohibirme marchar sobre las flores o entrar en la propiedad, yo mismo quien confiere a las órdenes de mi jefe la importancia que tienen…»

Consecuencias que también se proyectan a la arquitectura, porque al trastocarse los valores, se vuelve relativo incluso aquello que vemos tan cercano al hombre,ya que el mismo papel del ser humano en el mundo se vuelve relativo.

Cuando Le Corbusier define a la arquitectura como “el juego sabio, correcto y magnífico de los volúmenes bajo la luz”, parece hacer explícita una búsqueda constante, a lo largo de la historia de nuestra disciplina, por lograr crear formas armoniosas, equilibradas y proporcionadas. Pero qué sucede cuándo esos principios ya no poseen su valor original porque, como se dijo líneas atrás, no dejan de ser constructo humano, por lo tanto, relativos, temporales y desechables.

Uno de los más interesantes modos en que estás ideas fueron asimiladas y concretadas, se encuentra en las propuestas arquitectónicas de los años ochenta, formuladas dentro de un movimiento denominado (de manera imperfecta) como deconstructivismo (nombre que recibió de Mark Wigley y Philip Johnson al ser etiquetadas para la exposición organizada en el MoMa en 1988).

Basándose en la obra de autores como Michel Foucault y Jacques Derrida (fuertemente influenciados por el pensamiento nietzscheano), el objetivo de los arquitectos recogidos en la exposición, era desestabilizar la forma arquitectónica, perturbándola, contaminándola, hasta desmantelar las nociones aceptadas como absolutas de espacio, estructura y forma (la formositas latina).

«Se trata, indudablemente, de la arquitectura que más tiende a hablar de los tiempos recientes del desorden del mundo contemporáneo, de la debilidad de toda acción del hombre, de la inseguridad de nuestros conocimientos y de la pérdida irrecuperable del lugar y de la historia».

Pero el pensamiento nihilista al que conduce la propuesta nietzscheana no puede sólo encaminar a una formatividad concreta, sino a la propia desestabilización de la estructura social, donde esas composiciones perturbadas acabarían siendo sólo una metáfora.

La ausencia de una causa primera, el sinsentido de la existencia, el hecho de percibirse a sí mismo como un pedazo de nada, orilla al hombre a dar respuestas alternativas a su presencia en el mundo, y al final lo abre a la certeza de una libertad absoluta, porque si no hay una verdad per se, él es quien acaba definiendo lo que es bueno o malo «da lo mismo creer que soy creador de nuevos valores, como creer que no soy creador de nuevos valores: todo es bueno por igual y en consecuencia, todo es igualmente indiferente» .

Así, frente a las aún reclamantes estructuras de una moral judeocristiana, que ha perdido su cimiento y por lo tanto se ha reducido a un armazón de ritos huecos y de obligaciones sin fundamento, unos intentan subvertir completamente los sistemas de creación establecidos, basados en el recurso a la historia, la aspiración a la comprensión de las prexistencias ambientales (genius loci), los pretextos formales basados en estructuras orgánicas, sistemas de proporcionamiento pretendidamente absolutos, etc. que no son ya más que un freno y un estorbo de la libertad.

Al respecto de asomarse a ese sinsentido en nuestra disciplina Charles Jencks escribe: «Pero se supone que la arquitectura es un arte constructivo dotado de una base social, un arquitecto que diseñe para el vacío y para el no-ser resulta un tanto cómico. La arquitectura decontructiva y antisocial tiene el mismo derecho a la existencia que las corrientes paralelas que se registran en el arte, la filosofía y la literatura (en tanto se construye para uno mismo o para un cliente dado), y o debería sorprender que, en conclusión, todas sean la misma cosa […] Aunque parezca absurdo fundamentar la construcción en el solipsismo y en el cinismo, hay que pensar que la arquitectura siempre representa valores culturales de tipo general y nadie se atreverá a negar que estos son temas corrientes, incluso en boga, en la esfera de las restantes artes».

Así, por qué negarse a entender en la arquitectura todas las posibilidades y todas las libertades, como afirmaba Coop Himmelb(l)au en uno de sus brillantes manifiestos:

«Si hay una poética de la desolación, entonces ésta es una estética de la arquitectura de la muerte envuelta en sábanas blancas. La muerte en habitaciones azulejadas de hospital. La arquitectura de la súbita muerte sobre el pavimento. La muerte por la perforación de la caja torácica perforada por el eje de la dirección. La trayectoria de una bala a través de la cabeza de un traficante en la calle 42. La estética de la arquitectura del afilado escalpelo del cirujano. La estética del sexo de los films para mirones en cajas de plástico lavable, de lenguas rotas y ojos secos. Y es así como deben ser los edificios desagradables, rudos, penetrados. Flameantes. Como el erguido ángel de la muerte».

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