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URBANISMO COTIDIANO

URBANISMO COTIDIANO

LCC. Malusa Gómez

@marylightg

No soy urbanista, pero soy urbana. Soy gente de a pie, de esas que saben que para conocer un lugar hay que caminarlo, olerlo y porque no hasta sufrirlo.

Puebla es una de esas ciudades modernizadas, que se nos han salido de las manos, ha crecido a una velocidad y con un desorden que a los poblanos nos pone muy nerviosos. No hay que olvidar que nuestro Centro Histórico tiene la fama de haber sido trazado por los ángeles. Y la verdad, parece que es cierto.

Pasear por las calles del primer cuadro puede resultar muy placentero, tiene aún ese aire de provincia, donde la gente va a lo suyo, pero sin tanta prisa, se dan tiempo de pasear, mirar escaparates y hasta tomar un helado o un descanso en alguna de las bancas del zócalo. Todavía puedes encontrar globeros, boleros, marimbas y una que otra protesta callejera.

El Centro Histórico de Puebla no es simplemente un zócalo, una catedral y un bonche de iglesias. Es mucho más: las fachadas, los patios, los balcones, las azoteas y un montón de historias, leyendas y tradiciones que sumadas le dan personalidad a esta barroca ciudad.

La Casa de los Muñecos, la del que Mato al Animal, el Carolino, el Parián, uno de los museos Bello con su trágica historia familiar, los portales, las tortas Meche, los nevados, los balazos de la fachada de la casa de los hermanos Serdán – endulzados por sus vecinas las camoterías – así como un sinfín de personajes que han escrito la historia local y nacional.

Y es por todo esto que la nueva Puebla si bien nos gusta, también nos pone nerviosos.

Tanto edificio, tanta placita que vende quien sabe qué, tanto puente y tan pocos árboles.

Con calles sin banquetas, simplemente pensadas para circular en coche; sin orden, sin cuadratura, sin presencia de los ángeles.

Y es que la modernidad llega y se necesita, la vida y el progreso están para adelante, pero ¿a costa de qué? De tener una ciudad moderna pero impráctica, pensada para la foto y no para los de a pie, que nos gustaría poder pasearla, sentirla, olerla y sufrir sus incomodidades un poco menos.

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