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Arquitectura en el mundo Contemporáneo: una dicotomía entre lo local y global

Arquitectura en el mundo Contemporáneo: una dicotomía entre lo local y global

Arq. Eduardo Funes 

Partiendo de cierta identificación con la perspectiva culturalista de la arquitectura y la ciudad, en esta introducción, ambas se explican como un sistema multifactorial en el que intervienen todos aquellos aspectos que dan razón de la existencia de una cultura en un espacio y en un tiempo.

En otras palabras, por arquitectura y ciudad se puede entender la respuesta espacial de la realidad social, política, económica, cultural, medio ambiental y plástica de una época y lugar particulares.

Así, ambas son consecuencia del espacio y del tiempo en que se desarrollan, por lo que permiten leer a través de ellas el contexto que las llevó a ser; como explica el arquitecto Leland Roth:

«La arquitectura es el arte inevitable, del que no podemos escapar; está encima, debajo y alrededor de nosotros y prácticamente durante todos y cada uno de los instantes de nuestras vidas. Como Aalto dijo insistentemente en sus escritos, y en sus obras, hablar de arquitectura es algo más que hablar de un benevolente paraguas protector; cuando es buena, actúa benéficamente sobre nosotros, haciéndonos más humanos; es más que un cobijo, que un objeto para la especulación, que un envoltorio conveniente o que una cabriola caprichosa. Es la crónica edificada de cómo hemos ordenado nuestras prioridades culturales, quiénes y qué somos, y en qué creemos. Es nuestro testamento en piedra».

Así, Hans Ibelings afirma que: «Toda era tiene sus propios temas, símbolos y metáforas. Del mismo modo que en los años cincuenta el átomo, la energía nuclear y la bomba atómica ocupaban un espacio dominante en la cultura popular y en el debate intelectual, la globalización parece monopolizar hoy la opinión pública».

Si bien en sí mismo el significado del término globalización puede parecer sumamente simple: globalización como sinónimo de hacer mundial o mundialización; es en términos de su fundamentación y de sus consecuencias que empieza a volverse un concepto difícil de aprehender.

Parte del problema es que se ha convertido en una especie de “concepto paraguas” que acaba explicando tantos aspectos de la realidad que al final no termina dejando claro ninguno, como explica Ibelings a modo de sarcasmo: «Precisamente la asociación de la globalización con tantos fenómenos limita su capacidad de explicar condiciones concretas. De este modo, la globalización sería el equivalente al efecto invernadero, que legos y expertos consideran responsable de veranos demasiado fríos o calurosos e inviernos excesivamente crudos o suaves».

No obstante lo anterior, la postura que acá se asume parte de la idea de que la globalización sí se relaciona profundamente con el ser humano debido a que se plantea como un proceso principalmente económico, pero fundamentado en aspectos de orden tecnológico, social y cultural a una gran escala, conduciendo a una creciente interdependencia entre naciones diferentes, unificando mercados, sociedades y culturas, a través de un conjunto de transformaciones de carácter económico, político y social que les dan una escala planeta.

Si bien se puede pensar como un gran atractivo el hecho de que el hombre pueda compartir tecnología, viajar a cualquier parte del mundo, etc. dos inconformidades causaron gran polémica: por un lado, la pérdida de la identidad frente a lo genérico, ya que la ampliación de un  mercado requeriría una homologación del cliente potencial, lo cual implica la necesidad de desaparecer las grandes diferencias y, por el otro, la creación de un conjunto de estrategias de liberación del comercio para la eliminación de la regularización estatal del trabajo, teniendo como consecuencia grandes desigualdades; ambas inconformidades se relacionan con el modo en que se concibe la arquitectura y la ciudad, es por ello que su reflexión resulta básica para la comprensión de nuestro tema.

Podrían o no perderse las identidades locales, sin embargo, mientras que la globalización se mueva en función de un mercado, resulta conveniente para todo industrial, tener un cliente homogéneo, sin particularidades y sin rostro; ya que facilita la fabricación de su producto: generar la imagen de arquetipos a alcanzar (actores, deportistas, músicos, etc.) por parte de sus usuarios potenciales y así crear un prototipo de producto que les permita alcanzar ese ideal.

Esta disputa entre la búsqueda de imponer patrones genéricos por parte de la cultura que enviste y la de su asimilación y transformación por parte de la cultura envestida, se da en las ciudades, donde las fuerzas del mercado buscan imponer lo genérico:

«¿Son las ciudades contemporáneas tan similares entre sí como los son los aeropuertos? ¿Hay base teórica para definir una convergencia a un modelo único? ¿Y si es así, a qué configuración final vamos? La convergencia hacia un modelo único sólo es posible si la ciudad se despoja de su identidad, lo que tradicionalmente se ha considerado de forma negativa. Pero está ocurriendo a gran escala, lo que quiere decir algo. ¿Cuáles son las desventajas de la identidad, y a la inversa, cuáles son las ventajas de la inexpresividad? ¿Qué ocurre si esta homogeneización aparentemente accidental -y usualmente lamentada- fuese un proceso intencional, un movimiento que se aleja conscientemente de lo diferente para tender hacia lo unitario? ¿Cómo saber si estamos siendo testigos de un movimiento global de liberación bajo el lema “¡Abajo lo característico!”? ¿Qué quedará después de que la ciudad se haya despojado de su identidad? ¿Será lo Genérico?»

Las ciudades no se replantean de un modo definitivo, al grado de presentase como tablas rasas, sin embargo, zonas enteras se acaban reorganizando, porque para que un espacio urbano pueda pertenecer al conjunto de ciudades globales, debe de estar marcado por ciertos aspectos que le permitan concebirse como un producto del mercado atractivo a nivel mundial, y que son asimilados gracias al modo en que la población se apropia de ellos.

En un mundo cada vez más individualista, más ajeno a las relaciones personales y más profundamente atrapado en la visión del ego profetizado por los No Lugares de Marc Augé, cómo se debe plantear el papel del arquitecto.

Cómo volver a aquello que Koji Taki denomina Ikirareta ie [la casa vivida], y cómo oponerla a la arquitectura ideal (la casa construida por arquitectos) que se funda sobre la belleza abstracta de “pureza” perfeccionada; es decir, cómo ir hacia una arquitectura que acoja al sujeto humano e incluso, consciente de que cada vez estamos más separados del entorno natural y forzados a vivir en un medio artificial controlado mecánicamente, tome en cuenta la protección de los ecosistemas y la sustentabilidad, como temas particularmente trascendentes, respondiendo a través de obras capaces de abarcar la naturaleza.  

En este mundo genérico [donde en muchos casos la neutralidad con relación al entorno es la norma, donde parece que la arquitectura es capaz de ser tan “suelta” como esas corporaciones internacionales conocidas hoy como global players porque ya no guardan vínculos específicos con nación alguna] cómo es posible potenciar un espacio, a través de su diseño, para ser capaz de reinterpretar la condición irrepetible de un sitio particular, es decir, cómo plantear una arquitectura que se esfuerza por alcanzar la transparencia y la homogeneidad, pero también por hacer posibles rasgos especiales del lugar.

En otras palabras, cómo desarrollar una arquitectura capaz de pasar de la claridad y [de lo abstracto, lógico, científico y matemático] a los valores simbólicos e históricos, y a los aspectos ambientales relacionados fenomenológicamente con el ser humano. En esas dicotomías entre lo local y lo global, entre lo genérico y lo particular, resulta en ocasiones casi imposible identificar el punto central, aquella posición de equilibrio que logre colocar al ser humano (protagonista de la arquitectura), en su lugar preponderante, dejando de él tan sólo una imagen borrosa, como un mal necesario al que en ocasiones (en el mejor de los casos) se le toma tan solo como un dato numérico al resolver.

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